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LOS HÉROES DE LA PATRIA PARTEN AL CIELO DEJANDO UN GRAN LEGADO

General fallecimiento

La muerte de un gran hombre siempre deja un eco profundo en la memoria de una nación. No es solo la partida física lo que duele, sino la inmensidad del legado que deja atrás, ese vacío que solo llenan los recuerdos de su servicio, su honor y su ejemplo. Hoy Colombia se detiene para despedir a uno de esos hombres que, sin pretender gloria personal, construyó parte esencial de la historia institucional del país: el General Víctor Alberto Delgado Mallarino (1929-2025), el primer general de tres estrellas de la Policía Nacional y un colombiano cuya vida fue, sin exageración, una lección permanente de disciplina, civilidad y profundo amor patrio.


Hablar del General Delgado Mallarino es adentrarse en una época crucial para la Policía Nacional y para el país. Su trayectoria no se limita únicamente a los cargos que ocupó, sino al impulso transformador que imprimió en cada una de sus responsabilidades. Nacido en una Colombia distinta, marcada por tensiones sociales y profundas desigualdades, logró ascender paso a paso con una convicción que lo acompañaría toda su vida: la de que servir debía ser un acto honesto, profesional y profundamente humano.


Su paso por la Policía Nacional es hoy referencia obligada en la historia de la institución. Fue el primer general de tres estrellas, un logro que no solo habla de su capacidad y liderazgo, sino también del reconocimiento que se ganó entre sus superiores, subalternos y la sociedad colombiana. Este ascenso, histórico para la institución, marcó un antes y un después en el desarrollo de la carrera policial y en la estructura misma del mando.


Entre 1983 y 1986 asumió uno de los retos más grandes de su carrera: ser Director General de la Policía Nacional. Fueron años difíciles, complejos, atravesados por la violencia del narcotráfico, la expansión territorial de los grupos armados ilegales y el desafío permanente de fortalecer una institución que enfrentaba amenazas sin precedentes. En medio de ese panorama oscuro, el General Delgado Mallarino representó serenidad, claridad, rigor y visión estratégica.


Una de sus contribuciones más significativas fue el decidido impulso a la aviación policial. Mientras muchos se resistían a innovar o consideraban innecesaria esta área, él entendió que Colombia, por su geografía y por los desafíos de seguridad que enfrentaba, necesitaba una Policía capaz de alcanzar cada rincón del territorio. Gracias a su empeño, la aviación policial no solo nació, sino que se consolidó como una herramienta indispensable para operaciones humanitarias, de rescate, de control territorial y de apoyo en momentos críticos.


Asimismo, fue el gran propulsor de los guías caninos, hoy parte fundamental de las capacidades operativas de la institución. En una era en la que el uso de perros para labores de detección, rescate y seguridad todavía era incipiente en Colombia, el General Delgado Mallarino promovió su implementación con paciencia, rigor y visión. Entendía que la modernización institucional no pasaba solo por incorporar tecnología, sino también por adaptar métodos internacionales efectivos a las necesidades del país. Su apuesta, que en su momento generó dudas en algunos sectores, hoy es reconocida como un acierto que salvó vidas, evitó atentados y fortaleció la capacidad de reacción policial.


Pero si algo lo caracterizó a lo largo de toda su vida fue su espíritu civilista. Lejos de la figura autoritaria que muchos esperaban ver en un oficial de su rango, el General Delgado Mallarino siempre demostró una particular sensibilidad por la formación integral del policía. Era un hombre culto, lector incansable, prudente, respetuoso de las formas y promotor de una Policía más cercana al ciudadano. Creía profundamente en la necesidad de modernizar la institución no solo desde lo operativo, sino desde lo humano, formando policías íntegros, educados, conscientes de su responsabilidad social.


Su carrera no se limitó al ámbito estrictamente policial. También representó a Colombia en el exterior como embajador en Rumania, un cargo que asumió con la misma dedicación y sobriedad que lo acompañaron toda su vida. Su visión global, su disciplina diplomática y su capacidad de diálogo fueron herramientas esenciales para fortalecer las relaciones del país con otras naciones. Este rol como embajador demostró, además, que su formación trascendía los límites de lo castrense para insertarse de lleno en los asuntos internacionales, donde dejó igualmente huella.


Quienes lo conocieron hablan de un hombre amable, firme pero justo, exigente pero profundamente humano. Un líder que escuchaba, que valoraba el talento joven y que insistía en la necesidad de construir institucionalidad desde el respeto, la educación y la excelencia. Jamás buscó protagonismos desmedidos; su vida fue, más bien, un ejercicio silencioso de servicio, de compromiso y de amor profundo por la patria.


Su partida, inevitable como toda muerte, nos deja una tarea: recordar su legado no solo con nostalgia, sino con responsabilidad. Los nuevos oficiales, los cadetes, los policías en formación y todos aquellos que hoy llevan el uniforme deberían mirar su vida como un mapa de ruta. El General Víctor Alberto Delgado Mallarino demostró que la grandeza no se alcanza con discursos grandilocuentes, sino con trabajo silencioso, disciplina férrea, visión de futuro y un respeto absoluto por la vida humana y las instituciones.


Colombia pierde hoy a un gigante, a un hombre que entendió su profesión como una misión y no como un privilegio. Su legado continuará en los helicópteros que sobrevuelan nuestras montañas, en los guías caninos que acompañan operaciones, en los hombres y mujeres que día a día se forman en las escuelas de policía, y en cada rincón donde la institución avance con respeto, modernidad y humanidad.


A su familia, el país entero les acompaña en este momento de dolor. Que la fe en el reencuentro con el Creador sea su consuelo y que el orgullo por la vida de este gran colombiano sea siempre motivo de fortaleza.


General Víctor Alberto Delgado Mallarino (1929-2025)

Hoy un héroe de la patria parte al cielo. Su legado, en cambio, se queda entre nosotros, vivo, firme y luminoso. Porque hombres como él no mueren: se vuelven historia, ejemplo y memoria eterna de un país que todavía necesita de su grandeza.


NOTA INFORMATIVA Por Silverio José Herrera Caraballo LA REACCIÓN PRENSA

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