FUI LO QUE OTROS NO QUISIERON SER Y SERVÍ A MI PATRIA CON AMOR
- Silverio Jose Herrera Caraballo
- 29 nov 2025
- 2 Min. de lectura

Han pasado cuarenta años desde la expedición de la Ley 131 del 7 de noviembre de 1985, una norma que marcó un antes y un después en la historia militar de Colombia. Aquel acto legislativo no fue simplemente un ajuste jurídico: fue el reconocimiento al valor, la vocación y la entrega de miles de jóvenes que, tras cumplir su servicio militar obligatorio, decidieron seguir sirviendo voluntariamente a la patria. Así nació la figura del soldado voluntario, antecesor directo del soldado profesional que hoy constituye la columna vertebral de nuestras Fuerzas Militares.
La Ley 131 permitió que quienes ya habían cumplido su servicio pudieran continuar en las filas de la institución, recibiendo una bonificación mensual equivalente al salario mínimo legal vigente más un 60%, junto con el derecho a una bonificación de navidad. Más allá de la cifra económica, lo que aquella norma representó fue un reconocimiento moral: el Estado entendía que había hombres dispuestos a seguir defendiendo el suelo patrio, no por obligación, sino por amor y convicción.
Estos soldados voluntarios fueron los precursores de una nueva estirpe de guerreros: hombres forjados en el sacrificio, templados por el fuego de la disciplina y movidos por una lealtad inquebrantable hacia Colombia. Su entrega permitió la consolidación de la figura del soldado profesional, hoy regulada y fortalecida por normas posteriores como el Decreto 370 de 1991, que desarrolló el espíritu de la Ley 131. Sin embargo, más allá de los decretos y las reformas, lo que permanece intacto es la esencia del soldado: su vocación de servicio, su espíritu indomable y su amor infinito por la bandera.
Detrás de cada uniforme, de cada insignia, hay una historia silenciosa de sacrificio. Son hombres que cambiaron el calor del hogar por el rigor del cuartel, el ruido de la ciudad por el silencio del monte, la comodidad por el deber. Ellos fueron (y son) los guardianes invisibles de nuestra tranquilidad. Muchos de ellos jamás volvieron; otros regresaron con cicatrices en el cuerpo y en el alma. Pero todos, sin excepción, dejaron un legado de honor que no se mide en medallas, sino en gratitud nacional.
Hoy, cuarenta años después, rendimos homenaje a esos soldados voluntarios, pioneros de una vocación que ha dado ejemplo al mundo. Gracias a ellos, el Ejército Nacional pudo fortalecerse y profesionalizarse, asegurando la defensa de la soberanía en los momentos más difíciles de nuestra historia. Su valentía se multiplicó en generaciones de soldados que, con la misma fe, siguen cuidando cada rincón de la patria.
Porque ser soldado en Colombia no es un oficio, es una forma de vida. Es una elección de honor, una entrega sin condiciones. Es asumir, con orgullo y humildad, el deber de proteger a un país que muchas veces olvida a sus héroes. Por eso, hoy más que nunca, debemos repetir con voz firme aquella frase que resume toda una vida de servicio:
“Fui lo que otros no quisieron ser y serví a mi patria con amor.”
¡Gloria al soldado colombiano, el mejor del mundo!
El Soldado Colombiano. NOTA DE OPINIÓN Por Silverio José Herrera Caraballo LA REACCIÓN PRENSA








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